ILONA LLEGA CON LA LLUVIA PDF

And the more we turn the pages, the deeper we dive into this tale, the progressively more gripping. All new faces — just the way he likes it. First off, after making arrangements at a not so rundown hotel, he locates an ideal bar, quiet, attentive but not overly talkative bartender and returns to his hotel room drunk that night. He gives her some money and kicks her out. No money exchanged, Maqroll simply kicks her out and goes down to pay a visit to the concierge. He assures Maqroll it will never happen again.

Author:Zolojinn Bragul
Country:Italy
Language:English (Spanish)
Genre:Sex
Published (Last):23 September 2014
Pages:139
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ISBN:700-9-86055-641-4
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No paraba mientes en lo que pudiera depararle el futuro por transgresiones que olvidaba con facilidad; ni las que hubiese cometido en el pasado gravitaban para nada en su conciencia.

Tres funcionarios vestidos de caqui, con amplias manchas de sudor en las axilas y en la espalda, subieron con pomposa lentitud por la escalerilla. Es como si lo hubiera buscado desde hace mucho tiempo. Hace tanto que todo esto lo aburre sin remedio. Al menos eso es lo que deduzco de su actitud durante este viaje.

Se fue enredando en hipotecas que le tienen tomando el barco y creo que una casa en Willemstad. Abrir un hueco para tapar otro.

No es aventurado pensar que estos mierdas llegan justamente para arreglarle el asunto. Al poco rato salieron los uniformados. Guardaron unos papeles en sus portafolios y, saludando con un descuidado golpe de mano en la visera de la gorra, bajaron la escalerilla y subieron a la lancha. Esta vez su voz era firme y tranquila. Hablaba en forma lenta, precisa, casi pomposa; destacando cada palabra y terminando las frases con una ligera pausa, como si esperara que alguien tomara nota de lo que estaba diciendo.

Basta con que se los haga saber. Como prefiera. Es usted muy amable. Debo a usted muchas lecciones que a lo mejor ni sospecha. Subimos corriendo. Un hilillo de sangre bajaba por la sien hasta mezclarse con otros dos que manaban de la nariz.

Avisamos por radio a las autoridades portuarias que no tardaron en llegar. Las diligencias duraron poco. Lo dejaron caer en el fondo de la lancha como si se tratara de un bulto de correos. El precio indicado en el frasco era tan alto que fui a la caja para cerciorarme de que era correcto. Antes de decirnos nada, nos miramos sonriendo con la vieja complicidad de quienes conocen sus mutuas debilidades y se sorprenden en flagrante delito de satisfacerlas.

Salimos juntos. Se llamaba el Hansa Stern. Wito no quiso cambiar el nombre por respeto a su memoria. Winfried Geltern. Hablaba todos los idiomas de la Tierra con una fluidez desarmante. Era como si hubieran muerto todos. Los reglamentos de la marina mercante me exigen tener uno a bordo. Usted me arregla el problema. Pero debo contarle que mis cosas no van mucho mejor que las suyas, Gaviero. Bueno, la verdad es que el Hansa Stern ya pertenece en dos terceras partes a los bancos. Si las dos cosas me salen, libero el barco y nos largamos a Chipre a mover peregrinos.

Pero quedarme en New Orleans era en verdad como llegar al fondo del pozo. Una miseria. La capacidad para magnificar los negocios que se iban ofreciendo se agotaba en Wito a ojos vista. Su mutismo era notorio. Se casaron cuando era primer oficial en un barco de pasajeros de la Nord Deutsche Lloyd Bremen, el Murla.

Como en verdad se llamabaSusana, el apodo de Wita no le iba para nada. Tuvo conmigo ternuras de hermana menor. Todo se cumple con una deliciosa y eficaz parsimonia. Usted sabe que con la Esso no hay bromas. No se cumplieron las predicciones delcontramaestre. Nos quedamos un rato en silencio. No debe tener dinero para pagar los derechos del Canal.

No me preocupaba esa perspectiva. Da lo mismo, todo da igual. El familiarizarse con las cosas de la tierra requiere un plazo con el que nunca contamos al desembarcar. El barman ideal. Terminaba de recogedor de basura, de portero de burdel o descargando barcos en los muelles.

Estaba seguro de no haberla visto nunca antes. Anda en otras empresas y la guardia le tiene puesto el ojo hace mucho tiempo.

Pobre Abdul. Para mis fines, esto era particularmente grave. Al poco tiempo, la precariedad de mi vestuario y otros signos avanzados de la penuria, me fueron obligando a alejarme de esos lugares. Tuve que contentarme con rondar cerca de la entrada, sin pasar adelante. Lo de siempre. No tuve que pensarlo mucho. A lo impredecible del negocio se sumaba, entonces, la persistencia de los torrenciales aguaceros. No era la primera vez que intentaba abordar a la gente en circunstancias semejantes.

Los precios eran mucho menores que los de las tiendas. Pero, como era previsible, los guardias comenzaron a percatarse de mi repetida presencia a la salida de hoteles y cabarets y no tardaron en abordarme. Cambie de hotel hoy mismo.

Rompa todo nexo con el cojo. Era el Hotel Miramar y estaba en la parte vieja de la ciudad. Ante la feliz perspectiva del alivio, los enfermos murmuraban en voz baja canciones con las que se arrullaban unos a otros.

Al segundo viaje fuimos a pedir lo que nos prometieron como salario. Muchos otros recodos de la vida, en los que recordaba haber pasado crisis peores que la que por entonces me agobiaba, fueron evocados esa tarde, sin resultado alguno, como es obvio.

Luego, me dijo con un tono en el que se insinuaba cierta alarma casi piadosa: —Ya veo. No, no me cuentes ahora nada. Todo en orden. Lo malo es lo otro. Lo de afuera. Vuelvo otra vez a sumergirme en algo muy parecido a la felicidad.

Por las ventanas abiertas entraba un olor a tierra mojada, a hojarasca que empieza a descomponerse. Todo un personaje, la mujer. Era alta y rubia. Nos hicimos amigos. Viajamos a Rabat para curarme los bronquios e iniciar lo de las alfombras para el Banco de Ginebra. Me parece verlo. Lo miran a uno como si no fuera a pagar. En Trieste quedaban algunos. Un fracaso, como era de esperarse.

Parece que lograste convencerlo, a pesar de su sajona tozudez incorregible. Las cosas cambiaron y tuvo que mudar de actividad. Al comienzo, aquello fue como las cremas de algas en Oslo, pero luego, las belgas entraron por el aro de las dietas para adelgazar. Bien lo necesitan, ya las conoces. Bueno, no te voy a contar todo en detalle. Dos o tres aventuras de rutina, de esas que uno comienza a sabiendas de que no van a funcionar y, sin embargo, se lanza de cabeza para hacer algo, por pura inercia y porque tal vez aquello sirva de puente para entrar en otra cosa; en lo nuestro, ya sabes.

Nada de piezas de segunda ni falsificaciones. Nos pusimos de acuerdo, tan de acuerdo que terminamos en la cama. En ese campo debo reconocer que era maestra. Puso el grito en el cielo.

Liquidamos el negocio. En este Hotel Sans Souci, con una cuenta en el Indian Trade National Bank que me permite vivir, sin mayores lujos, desde luego, pero tampoco acosada por la miseria. Hacemos una sociedad, como siempre.

Repartimos lo que ganemos como producto de nuestros reconocidos talentos y ya veremos. Como siempre.

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